Porque escribir es viento fugitivo y publicar, columna arrinconada. Blas de Otero

viernes, 3 de junio de 2016

¿Por qué actúan Los Chichos en el Primavera Sound?

Recuerdo el concierto de Sonic Youth en el Primavera Sound de 2003, cuando el festival aún se celebraba en el Poble Espanyol, como uno de las actuaciones musicales más excitantes e intensas que he podido ver jamás. Pocos años después el Primavera Sound dio el salto al recinto del Fòrum y actualmente se ha consolidado como uno de los mayores festivales de música indie de Europa. Y lo ha hecho porque año tras año ha logrado atraer a Barcelona a lo más granado de la escena musical independiente. Eso es algo innegable: conseguir reunir en el festival de este año a Radiohead, PJ Harvey, Sigur Rós, LCD Soundsystem y Brian Wilson está al alcance de muy pocos festivales, y en este sentido hay que admitir la primacía del Primavera Sound como uno de los referentes absolutos en cuanto a festivales de música se refiere, posiblemente con el permiso del otro gran festival de Barcelona, el formidable festival de música electrónica Sónar.

Pero más allá de los grandes nombres del indie internacional me ha llamado la atención la presencia del grupo Los Chichos en el cartel de este año. Los Chichos es un grupo que fue una referencia ineludible en la evolución de la rumba a principios de los 70, muy especialmente en la primera etapa del grupo merced a las notables composiciones del Jero, integrante del trío musical que fue conocido popularmente como El del medio de Los Chichos. Pero a Los Chichos se le suele tratar con condescendencia, cuando no con cierta chufla, en los ambientes del publico más selecto del pop-rock independiente y se acostumbra a asociarlos con el imaginario del quinqui de la década de los 80, con las películas de “Perros callejeros” y hoy en día con el cada vez más extendido estereotipo de los canis y las chonis de los barrios de la periferia. Un estereotipo que es visto con cierta simpatía en los ambientes del hipsterismo militante pero que no está exento de una profunda frivolización de una realidad social que se desconoce y que se idealiza por un afán de postureo contracultural basado en el fondo en un clasismo barnizado de un culto vacuo y puramente estético.

¿Por qué actúan Los Chichos en el Primavera Sound? ¿Se trata de un sincero homenaje a la trayectoria musical del grupo o más bien de un guiño al moderneo? Considero que lo segundo. Y creo que consiste básicamente en la idea de unos modernitos de los barrios de clase media alta echándose unas risas y sintiéndose quinquis por un día. Ni siquiera podemos pensar en un reconocimiento al grupo cuando ha sido relegado a uno de los escenarios menores del festival muy alejado de las más rutilantes actuaciones. En realidad existe una visión elitista del posmodernismo asociada a los barrios obreros que no escapa de una estigmatización de la cotidianidad de las condiciones de vida de la clase trabajadora. En esa idea preconcebida, hay una juventud con estudios superiores, cierto bagaje cultural y generalmente de familias acomodadas que favorece, de manera consciente o no, la difusión de unos clichés socioculturales ligados al origen social y de clase del extrarradio. Es decir, se promociona una imagen de determinados barrios y de quienes viven allí orientada a ridiculizar y por extensión, a denigrar a ese sector de la población. Porque, no en vano, subyace un sentimiento de superioridad intelectual hacia aquellos que se supone viven sus días pegados a la televisión viendo telebasura y escuchando reggaeton. Y por eso creo que Los Chichos actúan este año en el Primavera Sound. Para saciar el esnobismo de los modernos.

Pedro Luna Antúnez.

miércoles, 20 de abril de 2016

Concierto para Ana Belén Montes


Artículo original publicado en Realitat

Hace algunos años Silvio Rodríguez tomó un avión de Cuba a México con escala en Cancún. En un pasaje propio del realismo mágico de la literatura latinoamericana, y cuando el avión sobrevolaba Cancún entre tumbos y bajones, el cantautor cubano se dio cuenta de que en el avión sólo viajaban dos pasajeros: él y Gabriel García Márquez. Y claro, los dos se pasaron el viaje conversando sobre literatura y música. Cuenta Silvio que el autor de Cien años de soledad le explicó con una serenidad inconcebible una serie de ideas e historias que según Gabo no daban para novelas o cuentos, y que posiblemente eran canciones. Uno de los relatos contaba la historia de una novia a la que el novio la dejó plantada el día de la boda, y cómo luego la misma novia fue transportando en una carreta los regalos de boda para ir devolviéndolos casa por casa a sus familiares y amigos. Una historia triste que años después Silvio Rodríguez convirtió en una canción: San Petersburgo.

El extraordinario relato del vuelo a México con García Márquez como único compañero de viaje, fue una de las historias que Silvio Rodríguez contó en su concierto en Barcelona. Apareció en el escenario con la modestia de los grandes, suave acento cubano, barba color de plata, gorra calada y una bandera cubana cosida a la altura de su corazón. En el público, la convivencia cómplice entre política y ternura, o como dijo Ché Guevara, “el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, cita que podría haber sido dedicada a Silvio Rodríguez, no en vano sus canciones no sólo se limitan al manifiesto político sino que se adentran en los vastos terrenos de los del amor y los sentimientos. Es decir, Silvio nos enseñó a luchar y a amar mejor.

Silvio Rodríguez reservó sus canciones insignia para el último tramo del concierto: Quien fuera, Óleo de mujer con sombrero, Pequeña serenata diurna, Ojalá o Unicornio. Pero de especial intensidad emotiva fue la presentación e interpretación de La maza, canción dedicada a Ana Belén Montes, analista de la Agencia de Inteligencia de la Defensa de EEUU condenada en 2002 a 25 años de prisión porque como explicó Silvio Rodríguez, avisaba a los cubanos “cada vez que los norteamericanos tenían previsto hacer algo malo en Cuba”. Porque “Ana Belén no fue una espía, sino una benefactora”, como afirmó Silvio Rodríguez, a la vez que agarraba con firmeza su guitarra y afinaba su voz para cantar aquellos hondos versos: “Qué cosa fuera la maza sin cantera, si no creyera en el deseo, si no creyera en lo que creo, si no creyera en algo puro”. Y así es como Silvio Rodríguez le dedicó algo más que una canción a Ana Belén Montes. Le dedicó el concierto.

Pedro Luna Antúnez.


martes, 29 de marzo de 2016

Virginia Woolf y el despertar de un sueño




Artículo original publicado en Realitat 

A veces el curso de la vida nos lleva a tomar decisiones profundamente dolorosas, precisamente con la finalidad de no seguir infligiendo más dolor a las personas que amamos. Es ésa la determinación que llevó a Virginia Woolf a quitarse su propia vida un 28 de marzo de 1941. La historia es conocida: aquel se puso su abrigo, llenó los bolsillos de piedras y se lanzó al río Ouse, en el condado de Sussex, Inglaterra. Antes había dejado a su marido Leonard Woolf una emotiva carta en la que, por ejemplo, le decía “no puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo” despidiéndose con unas conmovedoras líneas finales: “No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.” Así se despedía una de las novelistas en lengua inglesa más influyentes de la primera mitad del siglo XX y alguien que fue considerada con el paso del tiempo como una de las pioneras del movimiento feminista.

Adeline Virginia Stephen había nacido 59 años antes y creció en Londres en plena época victoriana, en una sociedad dominada por la doble moral, el puritanismo religioso y un clasismo exacerbado. Era la cúspide del imperio británico y de la expansión definitiva de la industrialización. Es decir, la sociedad británica vivía entre el más extremo conservadurismo en las costumbres y el liberalismo en lo económico merced a un imperialismo saqueador de las materias primas de las colonias y que llegó a someter a una cuarta parte de la población mundial. Y en este ambiente tan asfixiante para una sensibilidad como Virginia Woolf, creció la autora de Una habitación propia. Cabe añadir que Woolf se educó en el seno de una familia de la burguesía acomodada de Londres, y que disfrutó de todos los privilegios inherentes a su clase social. No obstante, Virginia Woolf ya padeció la primera de sus depresiones a una edad tan temprana como los trece años tras la muerte de su madre, que se agudizó dos años después con la muerte de su hermana Stella. Se iba gestando, así, el espíritu solitario y melancólico de la escritora, salpicado de crisis nerviosas, depresiones y trastornos de personalidad. 

Decía William Faulkner que “el escritor tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe liberarse de él” y que “nada puede destruir al buen escritor, nada salvo la muerte”. Es decir, la escritura como tabla de salvación personal, como un antídoto a la desesperación y la muerte. Virginia Woolf posiblemente escribía para sobrevivir. Para aislarse de un mundo hostil y de una vida que a pesar de las comodidades en lo material, se había convertido en un suplicio en lo emocional. Así, y tras una nueva depresión con la muerte de su padre en 1905, la atormentada personalidad de Virginia Woolf ya se había sumergido en ese mar de contradicciones, penumbras y creatividad literaria que le acompañaría hasta el último de sus días. A partir nos dejaría su legado literario. Y ésa fue, sin duda, la historia más apasionante de la vida Virginia Woolf.

Virginia Woolf escribió y vivió su vida con la mayor de las pasiones. Con treinta años se casó con el también escritor Leonard Woolf, con quien iniciaría una relación sentimental basada en la confianza y el amor más sincero y completo, pero un lazo que descartaba la exclusividad y la posesión, y con esa misma libertad Woolf encontró en la escritora Vita Sackville-West el otro gran amor de su vida y a quién dedicó la obra Orlando (1928), considerada como una de las cartas de amor más larga y encantadora de la historia de la literatura.

Numerosas fueron las obras de Virginia Woolf reconocidas posteriormente por la crítica literaria: las novelas La señora Dalloway (1925), Al faro (1927) Las olas (1929) o el ensayo Una habitación propia (1929), obra ésta última sobre la posición de la mujer en la sociedad y la cultura de su tiempo, y en la que dejó a modo de sentencia que “una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”. Pero quizás sean sus diarios personales, que empezó a escribir con treinta y dos años cuando era una desconocida a nivel literario, donde la autora volcó toda su alma y personalidad. En 1923 escribió: “Me interesaría mucho que este diario llegara a convertirse en un diario de verdad. Pero para eso haría falta que yo hablara del alma, y ¿no me prohibí hablar del alma cuando lo empecé? Lo que sucede es que, como siempre, cuando me dispongo a escribir sobre el alma la vida de interpone.”

Virginia Woolf traspasó los márgenes más academicistas de la historia literaria para convertirse en icono de la cultura popular. La famosa obra de teatro ¿Quién teme a Virginia Woolf? de Edward Albee y su posterior película hicieron que el gran público se preguntará aquello de ¿Quién teme vivir la vida sin falsas ilusiones? Pero en mi recuerdo, mencionaré una canción de The Smiths titulada Shakespeare's sister, en la que el grupo de Morrissey hacía referencia a La habitación propia, ensayo en el que Woolf afirmaba que si Shakespeare hubiera tenido una hermana con su mismo talento, como mujer no habría tenido las mismas oportunidades y reconocimientos que su hermano, y que ello le habría llevado al suicidio.

Virginia Woolf dijo que “la vida era un sueño, y el despertar era lo que nos mataba”. Aquel aciago día del 28 de marzo de 1941, Woolf decidió despertarse del sueño arrojándose al río. Pero nos queda recordar a Virginia Woolf como se merece: como una mujer que vivió con pasión de mujer la vida y que escribió una de las páginas más sobrecogedoras de la historia de la literatura.

Pedro Luna Antúnez.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Madrid

Suena esta canción mientras bajo por el Paseo del Prado. Es una mañana gris de domingo aunque de vez en cuando sale el sol tímida y débilmente. Ni rastro de las eternas nubes castellanas. Llego a la Cuesta de Moyano. Hojeo algunos libros, entre ellos un volumen con la poesía completa de Gabriel Celaya en una formidable edición rústica. Pero exige un bolsillo igual de formidable. En las inmediaciones del Parque del Retiro realizo la foto de rigor a la estatua dedicada a Pío Baroja. Es el día de los santos inocentes, precisamente el mismo día que nació el autor de El árbol de la ciencia. Una chica de aspecto frágil con gorro y bufanda de lana parece felicitar al viejo. Es casi mediodía y llamo a L. Suena una voz afable y radiofónica. Nos veremos más tarde. Subo por Fuencarral y pienso en la tarde del día anterior. Cuando J me preguntó por L. Al cabo de unos minutos estoy sentado en la barra de un pequeño bar de la Plaza del Dos de Mayo. De fondo, un jazz plácido y absorbente. En Luchana me tomo una caña en el bar de siempre. Llegan J y luego C. Nos vamos a comer al restaurante de siempre. Cuando pido el café recuerdo que había quedado con L en el metro de Bilbao. Mientras espero pienso en L. L se une a J y C y tras tomarnos los cafés acabamos de nuevo en el bar de Luchana. Hablamos y hablamos con alguna copa por medio. De añoranzas pasadas y sueños futuros. J recibe una llamada de A y queda con ella en Sol. C se retira vencida por un catarro y nos despedimos. Si no conocéis a C, ahí van unos poemas suyos. Siempre le digo que debería escribir más. Nos dirigimos a Sol y L me pregunta por canciones de amor. Y yo añado algunas de desamor. Llegamos a Sol y allí está A. Sorteamos riadas humanas y nos metemos en un bar cerca de la Plaza Mayor. A L le resulto gracioso y distendido. Bebemos un buen vino, o al menos a mí me lo parece. Pero es tarde y hace frío. Primero me despido de J y A. Me preguntan cuándo volveré. Pero no lo sé. Quién sabe. Luego me despido de L en Sol. Subo por la Calle del Carmen y al llegar a la Gran Vía suena esta canción.

Pedro Luna Antúnez.

miércoles, 13 de agosto de 2014

¿Es posible un Podemos sindical?

Artículo publicado en Tercera Información.

Hace unos días algunos diarios digitales anunciaron a bombo y platillo la intención de Podemos de crear un nuevo sindicato. Escarbando un poco en las fuentes pude comprobar que la noticia no acababa de ajustarse a la realidad. La propuesta ni siquiera era de Pablo Iglesias como afirmaba la prensa sino de un círculo de sindicalistas de la formación. Y no se promovía literalmente la creación de un sindicato sino la construcción de un nuevo modelo sindical. La idea, lanzada en el foro virtual de la página web de Podemos, ha suscitado algunas reacciones en el ámbito sindical y político, la mayoría de ellas centrándose únicamente en el engañoso titular de los medios y quedándose, por lo tanto, en la superficie del asunto. Tanto desde el entorno de los sindicatos mayoritarios como de los minoritarios se ha rechazado la posibilidad de la creación de un nuevo sindicato. Nada se ha dicho sobre la necesidad de construir un nuevo modelo sindical. Y si ya era de esperar la reacción desde las atalayas de CCOO y UGT, curioso ha sido el resquemor de los sindicatos minoritarios frente a la posible incursión de Podemos en el sindicalismo.

La renovación del sindicalismo es una necesidad. Y tal renovación afecta no sólo a los sindicatos mayoritarios sino también a los minoritarios. A los mayoritarios porque sufren una continua pérdida de credibilidad ante la clase trabajadora y a los minoritarios porque a pesar del desprestigio de CCOO y UGT no han sido capaces de crecer y erigirse como referentes en los centros de trabajo. Es por ello que se equivocan los sindicatos minoritarios cuando ven la propuesta de los sindicalistas de Podemos como una amenaza a sus expectativas de crecimiento. Esa oportunidad ya la han desaprovechado, posiblemente por haber vivido cómodamente instalados en la crítica permanente hacia los sindicatos mayoritarios y por presentarse ante los trabajadores como un sindicalismo a la defensiva en aras de una supuesta pureza ideológica. Obviamente, éste es un análisis parcial y en cierto modo insuficiente. Porque los ejemplos del SAT en Andalucía o de la CGT en el sector de la sanidad pública en Cataluña muestran un sindicalismo a la ofensiva que ha sabido confluir el sindicalismo de clase con las nuevas formas de lucha.

En cualquier caso, y a la luz de la propuesta del círculo de sindicalista de Podemos, es conveniente hacerse unas preguntas. En especial, dos: ¿Es posible un Podemos sindical? ¿Es necesario un nuevo modelo sindical? Personalmente me interesa más la segunda pregunta pero no por ello obviaré la respuesta de la primera. De lo que se trata es de abrir un debate muy necesario que nos sitúe en el compromiso histórico de superar la crisis actual del sindicalismo para construir el sindicalismo del futuro, y para que la organización sindical siga siendo una herramienta eficaz en la defensa de los derechos e intereses de los trabajadores. Un debate que por supuesto no nace en Podemos y que va más allá pero que por azares de la actualidad política ha saltado a la palestra a raíz de la propuesta de uno de sus círculos. Admito desconocer los entresijos del debate entre los sindicalistas de Podemos. Ahora bien, como éste es un debate abierto que transciende de las organizaciones, creo que el cambio de aires que necesita el sindicalismo debería vincularse a una serie de premisas. Elementos que sintetizaré a continuación.

El dialogo social ha muerto.

El diálogo social, fruto de un contexto histórico y del consenso constitucional de 1978, ha pasado a mejor vida. Ya casi nadie lo pone en duda; y digo casi nadie porque CCOO y UGT parecen ser los únicos que siguen aferrándose a un pacto social que ha volado por los aires. La época de la concertación entre gobierno, patronal y sindicatos ya es historia porque los dos primeros ya no necesitan de los terceros, salvo para hacerse la foto días antes de movilizaciones como las marchas del 22 de marzo o las manifestaciones del 1º de mayo. Las reformas laborales del PSOE de 2010 y del PP de 2012 han postergado a la negociación colectiva en una vía muerta y han despojado a las organizaciones sindicales de su papel como interlocutores. Creer lo contrario sólo se explica desde el deseo de mantener intactas las estructuras sindicales frente al cambio de ciclo político que se avecina. Pero una vez más, CCOO y UGT se equivocan. El poder político y económico ya no los necesita y está dispuesto a aniquilar cualquier atisbo de organización sindical, ya sea de la tendencia que sea, ya sea más revolucionaria o más moderada.

En este sentido, las campañas antisindicales de los medios afines al régimen no sólo buscan socavar el apoyo social a los sindicatos mayoritarios. Buscan cargarse a las organizaciones sindicales como tal. A las mayoritarias y a las minoritarias. Es cierto que en ocasiones CCOO y UGT sirven en bandeja los ataques de la derecha y que son responsables de su propio desprestigio, pero ello no debería confundirnos a la hora de reconocer las verdaderas intenciones de un discurso que se aprovecha del descontento social hacia los sindicatos con el objetivo de cercenar el sindicalismo de clase e individualizar las relaciones laborales. En el ámbito institucional, la prueba más palpable de la deriva antisindical del régimen es la represión contra sindicalistas por ejercer el derecho a la huelga. La reciente encarcelación del activista Carlos Cano y la petición del gobierno y la fiscalía de condenas que suman 125 años para más de 300 sindicalistas ponen de manifiesto hasta qué punto se ha iniciado una caza de brujas contra el sindicalismo, un fenómeno por otra parte nada nuevo, si tenemos las continuas detenciones y encarcelamientos durante años de militantes del que, a día de hoy, sigue siendo el sindicato más represaliado de la Unión Europa: el SAT.

Hacia un sindicalismo de ruptura.

A nadie se le escapa que CCOO y UGT son parte del engranaje del régimen surgido tras la transición. Y lo siguen siendo aunque el régimen prescinda de ellos. Precisamente por ello, no queda otra salida que construir un nuevo modelo de sindicalismo conforme a los tiempos que corren. Los sindicatos han de romper los anclajes con el poder y con un régimen que tras casi cuarenta años de apariencia democrática se ha desprendido de su careta más amable. Si no lo hacen, quedarán superados por la Historia. Y lo harán otros. Porque los procesos y las confluencias sociales que se han puesto en marcha en diferentes municipios y barrios han de trasladarse al ámbito sindical, o por lo menos los sindicatos no pueden ser ajenos a la nueva realidad y al cambio que demanda una sociedad civil cada vez más concienciada con la necesidad de una ruptura democrática. No en vano, los sindicatos son en su esencia y origen organizaciones sociopolíticas. Así lo fue la CNT como sindicato revolucionario en los años 30 pero también la UGT del Pacto de San Sebastián (1930) que aspiraba a una huelga general de carácter insurreccional con la finalidad de meter a la Monarquía en “los archivos de la Historia”. Y lo fue CCOO durante la dictadura franquista: una palanca del cambio político y social.

Está claro que UGT ya no es la de 1930 y que CCOO poco tiene que ver con el sindicato que lideró la lucha antifranquista. Pero no podemos obviar a dos organizaciones que a pesar del descrédito y la pérdida de afiliación siguen superando entre ambas los dos millones de afiliados. Ése es el mayor patrimonio de CCOO y UGT, su afiliación, a la cual debemos sumar si queremos construir un modelo alternativo de sindicalismo que participe de los procesos sociales de ruptura. En paralelo, las afiliaciones de CCOO y UGT han de tomar conciencia de su potencial y convertirse en sujetos activos de presión hacia sus direcciones, como ya ha sucedido en algunos sectores organizados en mareas por la defensa de la sanidad y la educación públicas, donde las bases han pasado por encima de las jerarquías sindicales. Sería inconcebible un proceso de ruptura sin el sindicalismo de clase, de lo contrario éste andaría cojo al faltar una de las principales patas del movimiento obrero. Quizás no podamos albergar grandes esperanzas respecto a la actitud que tomen las direcciones sindicales, pero sí podemos esperar el empuje y la voluntad de cambio de sus millones de afiliados, ya sean dentro o fuera de sus sindicatos.

Por la democracia sindical.

Existe un antes y un después desde el surgimiento del movimiento 15M hace poco más de tres años. Ésa es una realidad irrefutable de la que ni los mismos partidos políticos han podido escapar. La huella del 15M en las nuevas dinámicas de hacer política es enorme y podríamos afirmar que ha cambiado nuestra manera de ver y sentir la propia política. Nos ha hecho más tolerantes y abiertos. Más respetuosos con los nuevos modelos de participación democrática y más proclives al consenso. Ha cambiado nuestra filosofía organizativa y nos ha igualado a todos desde abajo. Una de sus mayores contribuciones ha sido la de recuperar la democracia en la toma de decisiones, donde ninguna opinión es mejor o más respetable que otra. Diría incluso que el 15M nos ha ayudado a ser mejores personas.

Sin embargo, el 15M no ha llegado a los sindicatos. Las organizaciones sindicales siguen siendo estructuras organizativas cerradas y férreas, y no sólo me refiero a CCOO y UGT. A pesar del talante asambleario de algunos sindicatos alternativos, sus estructuras sindicales y sus órganos de dirección no difieren demasiado de cómo se organizan los sindicatos mayoritarios. Es habitual ver direcciones que se perpetuán durante dos o tres décadas al frente de secciones sindicales, federaciones y territorios. Cambiando de un cargo a otro. Alejados del contacto con la vida laboral y la clase trabajadora. Y eso pasa en los sindicatos mayoritarios y aunque sea en menor medida, también en los minoritarios. No quiere decir que no pase en los partidos políticos, pero la sensación generalizada es que la política ha sido más permeable a la influencia del 15M que el sindicalismo, no exenta de cierto marketing, pero más permeable al fin y al cabo. En cambio, los sindicatos parecen no haberse adaptado al lenguaje de los nuevos movimientos sociales, no con el objetivo de apropiarse del mismo sino con la pretensión de democratizar sus anquilosadas estructuras. Ésa debería ser una de las grandes prioridades a la hora de construir un nuevo modelo de sindicalismo. Porque nos guste más o menos la expresión, de igual manera que hay una casta política, la hay sindical.

El sindicalismo de los excluidos.

En 2006 Daniel Lacalle publicó un ensayo imprescindible para comprender la evolución de la clase trabajadora en los últimos treinta años: La clase obrera en España. Continuidades, transformaciones, cambios. Hace ocho años el autor ya nos alertaba de la dualidad y la elevada precariedad laboral; y de cómo éstas se habían constituido en las piedras angulares del mercado de trabajo español. Ello ha provocado que la clase obrera se haya fragmentado en pedazos y que ya no exista una clase homogénea con los mismos derechos y las mismas condiciones salariales y de trabajo. El mismo Daniel Lacalle, quien hace años fue miembro de la ejecutiva confederal de CCOO, ya avisaba a los sindicatos de no haberse adaptado a esa nueva realidad laboral y de su profundo desconocimiento hacia el cada vez mayor número de trabajadores precarios, compuesto en su mayoría por jóvenes, mujeres e inmigrantes. Esa brecha se ha agudizado en los últimos años, y la base social de los sindicatos sigue siendo, casi en exclusividad, el obrero clásico de origen fordista, por un lado, y el personal técnico y administrativo, por otro. Fuera quedan millones de precarios sin representación sindical ni derechos formales. Ellos son los excluidos del sindicalismo.

No podremos cimentar un nuevo modelo sindical si dejamos de lado a la gran masa de trabajadores en precario. Ése ha sido uno de los grandes errores de los sindicatos mayoritarios estos últimos años, bien por incapacidad o bien por conservadurismo. Pero lo cierto es que no se ha realizado un análisis correcto de esa evolución y lo que es peor, no se ha aprovechado para recomponer la conciencia y la solidaridad de clase entre el conjunto de los trabajadores asalariados. Y ésa es una realidad que hemos observado en las últimas huelgas generales, cuando millones de precarios no han podido ejercer su derecho a la huelga por la amenaza empresarial del despido o por no poder prescindir de un día de salario. La ceguera de las direcciones sindicales a las nuevas formas de explotación y de marginación laboral y social explica el posterior desprestigio de los sindicatos mayoritarios, los cuales han demostrado estar únicamente preocupados por el mantenimiento de los derechos y de las redes de clientelismo entre una capa determinada de trabajadores y afiliados, que por integrar en igualdad de derechos a la capa de millones de precarios. Pero una vez más, la realidad los superará y si no son los sindicatos mayoritarios, serán otros quienes integren en un nuevo sindicalismo a los excluidos.

Entre el sindicato y el partido.

Durante años defendí desde mi militancia política, congreso tras congreso, que el partido debía tener un único referente sindical. Estaba equivocado. Porque es un error, por no decir una barbaridad, obligar al conjunto de militantes de una organización política a que se afilien al mismo sindicato. La realidad sindical es mucho más compleja y es de ilusos pensar que cabe en una solo sigla. Y porque ésa es la manera de frustrar y lastrar un buen trabajo sindical que sin duda muchísimos compañeros y compañeras habrían desarrollado en mejores condiciones en otras organizaciones sindicales. Hoy en día defender tal posición sólo se entiende desde un punto de vista sentimental o en su caso más extremo, desde un profundo desconocimiento de la realidad sindical y laboral.

Creo que cada vez somos más quienes nos estamos desprendiendo de ese papanatismo de las siglas, tan poco práctico para la nueva realidad social, y que los partidos políticos, en especial desde la izquierda comunista, deberían hacer un ejercicio de reflexión colectiva con el fin de revisar la incidencia de sus militantes en el ámbito sindical. No podemos volver a cometer los mismos errores. Y sería un error por parte del círculo de sindicalistas de Podemos ligar la construcción de un nuevo modelo sindical a su formación política. Y viceversa. Por lo tanto, es tiempo de que la pluralidad y la diversidad sindicales nos ayuden a construir un mejor sindicalismo y que cada uno de nosotros trabaje sindicalmente, no donde le dicten sino donde mejor pueda contribuir a la defensa de los derechos de los trabajadores. Porque, no lo olvidemos, ésa es la finalidad. Y no engordar el número de cotizantes de un sindicato.

En conclusión

Considero que actualmente hay condiciones objetivas para empezar a construir un nuevo modelo sindical desde la base. Que ello se traduzca en un nuevo sindicato no debería obsesionarnos. Como tampoco debería obsesionarnos si finalmente no sucede. Las propuestas del círculo de sindicalistas de Podemos recogen el testigo de millones de trabajadores decepcionados con las prestaciones de los sindicatos de clase, especialmente de CCOO y UGT, pero vuelvo a repetir, no sólo de ellos. Por ello me atrevería a afirmar que las circunstancias son muy favorables para trabajar en esa dirección. Porque la voluntad de cambio no sólo se está derivando hacia los partidos políticos sino también, de manera cada vez más acuciante, hacia los sindicatos.

En las primeras líneas del artículo escribía que era más importante centrarse en una profunda renovación del modelo sindical que no tanto en la creación de un nuevo sindicato. Pero la última palabra la tiene la clase trabajadora. Y si esos millones de trabajadores, descontentos de sus actuales organizaciones, apuestan por un nuevo sindicato, ése será un proceso que tarde o temprano acabará dándose. Y con grandes posibilidades de éxito, por cierto. Lo digo una vez más, entre CCOO y UGT suman más de dos millones de afiliados. A ellos hay que sumarles los millones de precarios a los que el sindicalismo tradicional no ha sabido dar respuestas. De esos más de dos millones de afiliados a CCOO y UGT hay amplios sectores de afiliación críticos con sus direcciones pero que por razones ideológicas o de pragmatismo han preferido no engrosar las filas del anarcosindicalismo, del sindicalismo nacionalista o del sindicalismo corporativo. No han militado en otros sindicatos pero sí serían partidarios de la confluencia y del acuerdo sobre la base de la reivindicación y la movilización. Existe un gran hueco que llenar, producido por el descontento y por los millones de precarios a los que ni siquiera se les ha ofrecido la opción de organizarse en los sindicatos. En ellos está el futuro del sindicalismo.

Pedro Luna Antúnez.

lunes, 2 de junio de 2014

Balón de oxígeno

El proceso constituyente del régimen sigue su curso. No en vano, desde el inicio de esa trampa llamada crisis, los poderes fácticos del sistema no han hecho sino abonar el terreno para un cambio de modelo político y económico. Para una vuelta atrás que despojándose de los ropajes democráticos otorgue el poder absoluto a esa oligarquía sempiterna que lleva gobernando de manera inalterable desde hace siglos. En los dos últimos siglos de nuestra historia apenas hubo un paréntesis por la construcción de una democracia basada en los valores de la justicia social y la igualdad: la Segunda República.

La abdicación del rey que fue elegido a dedo por un dictador no es más que el lavado de cara de un régimen en crisis. El bipartidismo, la cultura de la transición y la propia monarquía viven sus horas más bajas; y la solución no es otra que reciclarse de nuevo, ya sea mediante una reformilla de la constitución o con una simple sucesión en el trono. La segunda restauración borbónica está en marcha, con el beneplácito de una socialdemocracia tocada del ala y la teatralización de los medios de masas. La abdicación es el balón de oxígeno que necesitaba el régimen.

En este contexto, el papel de la izquierda política está por ver. Pero se trata de no jugar con las cartas marcadas por el sistema ni con su tablero de juego. Decía Robespierre que “cuando la tiranía se derrumba procuremos no darle tiempo para que se levante”. Y si no se pilla la indirecta lo diré sin rodeos: es un error proponer la convocatoria de un referéndum para elegir entre monarquía y república. Lo es por una razón fundamental: porque estaríamos concediendo a la monarquía una legitimidad que como institución antidemocrática que es carece de ella. Una institución que se sustenta precisamente por la no elección de sus representantes y por la vulneración del principio democrático más elemental. No equiparemos a monarquía con república. Enviemos a la monarquía al basurero de la historia y construyamos la república.

Pedro Luna Antúnez.

martes, 1 de abril de 2014

La última democracia

Hoy hace 75 años finalizó oficialmente la guerra civil. Oficialmente según la propaganda de los vencedores. En realidad la República había expirado cuatro días antes cuando las tropas franquistas entraron en Madrid. Con la toma de la capital que sonreía con plomo en las entrañas habían caído las últimas esperanzas de la República. Cuenta Manuel Tagüeña en sus memorias cómo el coronel Casado dio la orden de rendición del ejército republicano de la zona centro el 28 de marzo, y que tras volar a Valencia, prometió que nadie sería perseguido “si no había cometido crímenes”. Era la segunda traición de Casado, quien con la aquiescencia de Julian Besteiro ya había dado un golpe de Estado el 6 de marzo contra el gobierno de Juan Negrín con un firme propósito: entregar la República al enemigo.

El 75 aniversario del fin de la Segunda República ha coincidido con los fastos del funeral de Estado dedicado a Adolfo Suárez. A la muerte del Duque de Suárez, no pocos han sido los que han destacado la importancia histórica del personaje, elevándolo a la categoría de prócer de la libertad y primer presidente de la democracia. Curiosas alabanzas para alguien que fue procurador de las cortes franquistas y ministro secretario general del movimiento. Pero es ahí donde quizás radique la naturaleza política de la transición; en el hecho de que la transición, que no la democracia, fue obra de las élites franquistas con el fin de adaptarse a un nuevo tiempo político. No en vano, fue el propio régimen franquista el que sentó las bases de la transición a partir de la Ley para la Reforma Política un año después de la muerte del dictador. Obviamente, no hubo un proceso de ruptura con la dictadura sino que se trató de una hábil y sibilina reforma de las estructuras del franquismo bajo el disfraz de la democracia. Y como a finales de marzo de 1939, la izquierda, bajo el síndrome de Casado, se aprestó a negociar con el enemigo. Como hace 75 años volvió a entregar la República.

Han pasado 75 años desde la caída de la República, y una vez desmoronado el mito de la transición, asistimos a una profunda regresión democrática al socaire de una vasta ofensiva por desmantelar los derechos fundamentales de la mayoría de la población. Y el enemigo vuelve a ser el mismo. Los mismos que tomaron Madrid hace 75 años y los herederos que propiciaron la segunda restauración borbónica hace 35. Hoy como hace 35 años vuelven a hacerlo, y lo hacen de nuevo en nombre de la democracia. En nombre de la democracia dejan sin hogar a familias, apalean a manifestantes y abocan a la pobreza a más de dos millones y medio de menores de edad. Y claro, en nombre de la democracia nos venderán la enésima reforma del régimen. Es decir, en nombre de la democracia nos venderán menos democracia.

Cabe esperar que la izquierda no recupere el “nadie sería perseguido si no ha cometido crímenes” del coronel Casado, ni acabe asumiendo que es posible reformar el régimen. De lo contrario volveremos a cometer las traiciones y los errores de antaño. Podremos ondear la tricolor el próximo 14 de abril pero no tendremos ni República ni democracia. Ambas las perdimos hace 75 años. Perdimos la que a día de hoy sigue siendo la última democracia.

Pedro Luna Antúnez.

domingo, 5 de enero de 2014

Decadencia y caída

Edward Gibbon fue un hombre de frágil salud. Ya desde niño sufrió numerosas dolencias y sólo los cuidados de su tía Catherine lograron aliviar una infancia enfermiza y dura tras la muerte de la madre de Edward cuando éste tenía sólo diez años. De adulto padeció una inflamación crónica muy molesta y embarazosa que le provocaba grandes secreciones del fluido testicular, enfermedad que a la postre causaría su muerte en 1794. Edward Gibbon llegó a escribir en sus memorias que “sólo podía recordar catorce días verdaderamente felices en mi vida”. Únicamente cuando alzaba la pluma para escribir en la soledad de su estudio se sentía realmente animado. Seguro de sí mismo. Y vaya si lo consiguió.

Edward Gibbon escribió entre 1772 y 1787 una de las obras cumbres de la historiografía y de la literatura moderna: Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. Quince años que dedicó a la historia del Imperio Romano, desde su cenit en el siglo II d.C hasta la caída de Constantinopla en 1453 como último vestigio del mundo romano de Oriente. Catorce siglos contemplados en algo más de 5.000 páginas de erudición y elegante prosa. Un esfuerzo titánico que nos legó una obra descomunal. La Magnum opus de aquel acomodado pero enclenque caballero inglés del siglo XVIII que se refugió en la escritura como antídoto a una vida afortunada en lo material pero desdichada en lo vital.

Estos días de descanso navideño he disfrutado del enorme placer de leer una edición abreviada de Decadencia y caída. Puedo decir que leer a Edward Gibbon no sólo ha sido un deleite. Se ha convertido en algo casi obsesivo desde esas celebres y primeras líneas: “En el siglo II de la era cristiana, el Imperio de Roma comprendía la parte más hermosa de la Tierra y la porción más civilizada de la humanidad”. Son las palabras de un gentry, de alguien que escribió la historia desde la óptica de un noble. Pero al margen de prejuicios e ideologías, ya sabemos que hay dos tipos de literaturas; la buena y la mala. Edward Gibbon, claro está, pertenece a la primera.

Pedro Luna Antúnez.

sábado, 28 de diciembre de 2013

La noche que murió Germán Coppini

La noche que murió Germán Coppini brindábamos con burbujas y sonreíamos al destino. Lo hacíamos en familia, con villancicos y coplas de fondo. Como manda la tradición. Pero corren malos tiempos para la lírica. Tampoco son buenas las noches, no lo son para las 70.000 familias que fueron desahucias en 2013 o para aquellos que esa misma noche hicieron cola en comedores sociales. Y un largo etcétera. Pero nosotros brindábamos porque era lo que tocaba. Y de golpe se nos fue Germán Coppini. Fue poco después de brindar en familia cuando me enteré de que Germán nos había dejado. Eso sí que es un golpe bajo, colega. En aquel momento pensé en sus inicios. Cuando empezó en Siniestro Total y Vigo sufría un elevado desempleo a causa de la reconversión del Sector Naval. Eran años duros para la clase obrera. Como los que vivió Gran Bretaña cuando surgieron Sex Pistols y The Clash. Como el gris Manchester de Joy Division y The Smiths. Germán Coppini se ha ido en unos años iguales de duros, sin Solchagas ni Thatcherismos pero con la misma angustia y falta de horizontes. Sin futuro ni perspectivas. Acabaron los brindis en familia y bajé a la calle. No quise mirar a los ojos de la gente; dan miedo y mienten siempre. Caminé con la mirada perdida y ausente, como quien ve a un espectro. Como si me hubiese encontrado con la Santa Compaña. Ya en casa leí unas líneas sobre el último concierto de los Pistols: el día de Navidad de 1977 en Huddelsfield, norte de Inglaterra. El concierto lo hizo el grupo en apoyo a las familias de los bomberos en huelga. En solidaridad con sus hijos, quienes recibieron regalos de manos de Johnny Rotten y compañía. Volví a pensar en Germán Coppini. Escuché algunas canciones y leí las palabras de un amigo de Germán que recordaba las noches que compartieron en los bares de Vigo. Eran otros tiempos. O quizás no. Luego cogí mi mejor Whisky y me tomé una copa en memoria del gran Germán Coppini.

Pedro Luna Antúnez.

martes, 24 de diciembre de 2013

La reforma del aborto

Bilbao, 26 de octubre de 1979: tres mil personas se manifiestan frente a la Audiencia Provincial de Bilbao. Ese día juzgaban a once mujeres acusadas de prácticas abortivas y a las que la Fiscalía pedía doce años de cárcel. Las acusadas eran de clase trabajadora y residían la mayoría de ellas en Basauri. Madres de familias numerosas, su situación económica era muy precaria y estaban en el paro; no sólo ellas sino también sus maridos. Fueron condenadas por abortar. Sin embargo, su caso hizo que el movimiento feminista impulsara una campaña en todo el país en solidaridad con “las once de Bilbao”. La presión social provocó que finalmente en 1983 las acusadas fueran indultadas al considerarse como un atenuante la frágil situación social y familiar de aquellas mujeres.

El proceso contra las once mujeres de Bilbao sirvió para colocar en el debate político un tema tabú hasta entonces como era el del aborto. Dos años después del indulto, el PSOE aprobó la primera ley del aborto desde 1936. No obstante, la ley de 1985 sólo despenalizó al aborto en tres supuestos: riesgo grave para la salud de la embarazada, violación y malformaciones en el feto. Fuera de estos tres supuestos, la ley contemplaba penas de seis años de cárcel para las mujeres que abortasen. Tuvieron que pasar 25 años para que se aprobase en 2010 una ley de acuerdo con los criterios establecidos por la Organización Mundial de la Salud. La ley permitía a la mujer poder abortar durante las primeras catorce semanas de embarazo. Por primera vez, exceptuando un breve periodo durante la Segunda República, se dejaba en manos de la mujer poder decidir libremente sobre su cuerpo.

La reforma del aborto aprobada por el Partido Popular hace unos días es un retorno a las catacumbas. Ni siquiera se recupera la ley de 1985 como así ha expresado la propaganda institucional. La ley de Gallardón endurece la de 1985, ya de por sí restrictiva. Es volver a 1979 y a los procesos judiciales de Bilbao. Es la criminilización de los derechos sexuales y reproductivos de la mujer; y es una ley que nace cubierta de sangre. De la sangre de los abortos que se realizarán de manera clandestina. Porque prohibir el aborto es invisibilizarlo. Pero miles de mujeres seguirán abortando por necesidad. Algunas podrán hacerlo en un país donde sea legal pero no todas tendrán esa oportunidad. Las que aborten ilegalmente se jugarán la vida. Sólo un dato: en 1976 un total de 300.000 mujeres abortaron clandestinamente en España. 3.000 de ellas murieron.

Pedro Luna Antúnez.